Por Christine de Marcellus de Vollmer.
II Congreso Centroamericano sobre Familia: «DESAFIOS DE LA FAMILIA»
Centro de Convenciones Honduras, Maya de Tegucigalpa
Quisiera agradecer muchísimo a los organizadores de este importante Congreso por la alegría de estar compartiendo hoy con ustedes la tarea más importante de nuestro tiempo: la de trabajar por el rescate de la familia.
La familia desde el principio
La cuestión de la condición y del futuro de la familia es sin duda el asunto de más importancia de nuestros tiempos. Algunas otras veces en la historia de la humanidad se ha visto situaciones como la que vivimos ahora, y vale la pena recordar porqué. El ser humano, desde el principio de su historia, en general ha tenido que luchar por el mero sobrevivir, y esa lucha se ha vivido siempre en la fortaleza de la familia, de la tribu. Si hacemos un vuelo de pájaro sobre la historia del hombre, veremos que en todas partes del planeta y en todas las épocas ha habido una organización por la supervivencia y el progreso de los seres humanos que es centrada en grupos familiares. Estos clanes, cuando lograban sobrevivir, crecían y formaban tribus con sus propias costumbres y leyes para mantener la buena organización, porque tenían ante todo que alejar el hambre, el frío, los animales y otros enemigos.
En su gran variedad, las cantidades de pueblos, sean africanos, europeos o asiáticos; de las selvas o de las montanas; pueblos navegantes, pueblos migratorios, pueblos agrícolas, pueblos cazadores, todos, si iban a subsistir, tenían que mantenerse unidos, con la lealtad, las reglas y la cohesión familiar.
Algunos pueblos, por una organización especialmente excelente o lideres excepcionales (algunos de los cuales conocemos por antiguas historias y gestas) lograban llegar a niveles realmente asombrosos de desarrollo.
Así fue Babilonia, Egipto de los faraones, Grecia, Roma y algunos más que vienen a la mente. En cada caso, lamentablemente, el desarrollo y su consecuente vida más fácil y lujosa, trajo un abandono de las costumbres sanas de los fundadores del pueblo, y en cada caso esos pueblos llegaron a prácticamente desaparecer.
La decadencia empieza en casa
Una historiadora inglesa, Anne Glynn-Jones, ha estudiado en detalle este fenómeno y publicó un fascinante libro que se llama Holding Up a Mirror: Why civilizations decline. En sus estudios constata las etapas de la decadencia, que en cada caso sigue el mismo patrón.
Según Glynn-Jones, lo primero que sucede con la prolongada prosperidad es la perdida de creencia en los dioses. En cada uno de los pueblos estudiados, según escritos contemporáneos, la perdida de fe es el primer síntoma de lo que luego será su destrucción. El segundo es la perdida de la moral, publica y privada. Muchos escritos antiguos, tanto de Grecia como de Roma, en el cenit de su prosperidad, demuestran una preocupación por la perdida de la moral.
Es interesante ver como la infidelidad, el divorcio y la homosexualidad en aquellas civilizaciones aparecen a la par con la abundancia. Acompañando este indicador viene siempre otro: el declive del teatro. El teatro, históricamente, surge como forma de trasmitir lo sagrado. La transmisión del sentido, de lo intangible, de lo elevado, es el génesis del teatro, y en cada época a medida que los pueblos avanzan en bienestar, el teatro se degrada, tornándose primero entretenido, luego divertido, hasta llegar a ser obsceno.
El mundo no cambia, no es así?
En estas culturas pretéritas, el paso siguiente que constata la historiadora luego de la pérdida de fe y la corrupción de la moral, es la caída violenta en la taza de natalidad y luego el colapso económico. Ustedes pueden creer que estoy bromeando, pero no, lo que estamos viviendo en este siglo es idéntico a lo que ha pasado en otras épocas. El ser humano no cambia.
Hay, sin embargo, algo distinto en nuestro caso. La gran civilización que precedió a la nuestra fue la romana. Vale la pena recordar algunos hechos de esto. El imperio romano, que cubrió casi toda Europa, Medio Oriente y el norte de África, llegó a ser lo más avanzado del mundo hasta ese momento. La prosperidad que conoció permitió un gran aumento de población. Podemos decir que su momento más alto coincidió más o menos con los reinos de Cesar Augusto y Marco Aurelio. Su destrucción, que siguió exactamente el patrón descrito, fue tan catastrófica, y dejó una miseria tan inimaginable, que se tardó más de 1500 años para reconstruir un bienestar comparable.
Lo más impresionante para mí es lo que sucedió en materia demográfica. El Imperio Romano 400 años después de Marco Aurelio contaba con solo una octava parte de sus habitantes. Es decir que de cada 8 millones de habitantes del Imperio, quedaban solo un millón cuatro siglos más tarde. La ciudad de Roma misma se redujo de casi 2 millones a solo unas decenas de miles de habitantes, escondidos y fortificados entre las ruinas. Muchos escritores romanos habían descrito la tendencia a no querer tener hijos, y algunos de los imperadores habían contemplado leyes obligando a los jóvenes a casarse y tener hijos, pero las leyes quedaron sin efecto y el problema se fue agravando hasta que no había jóvenes para el ejército, y la misma economía colapsó.
Un baluarte para el futuro
La otra cosa que hay que recordar respecto a nuestros antepasados romanos es que fue gracias a sus comunicaciones, carreteras y ciudades desarrolladas que el mensaje del Evangelio pudo hacerse conocer con una rapidez extraordinaria. En 300 años la Buena Nueva había llegado a toda Europa, África, y dicen que hasta a la India. Las semillas de la evangelización estaban esparcidas muy ampliamente antes de que las carreteras desapareciesen y bandoleros reaparecieran para interferir el trafico.
Este hecho ha causado un cambio fundamental en el curso de la historia. Porque nuestra civilización no irá ciegamente por el mismo camino de los demás. Los cristianos tenemos una visión, razones, un guía certero y ya no somos victimas solo de nuestras inclinaciones. Parte de esa visión es la centralidad de la familia y la importancia del moral sexual en la enseñanza cristiana. La fe Cristiana es un baluarte contra la destrucción de la familia y la familia es el baluarte para la sociedad.
Hay indicios de que la civilización europea que trajo lo que podemos considerar el mundo moderno, está en vías de la ruina. La natalidad en Europa está a menos de la mitad de lo que necesita para reponerse. Las proyecciones de las Naciones Unidas y otros cuerpos presuponen que la natalidad subirá de nuevo a niveles aceptables. Pero no hay ninguna razón de pensar que esto va a suceder. Asia está en una situación similar. El proceso está menos avanzado, pero promete llegar a ser peor. África, como sabemos, está terriblemente afligida con el SIDA afectando casi la mitad de la población.
Entonces, donde está el futuro? Un examen de más cerca nos indica que en esos continentes, como en los Estados Unidos, los grupos que han seguido fieles a su fe, conservan la unidad familiar y son los que tienen familias numerosas. En Francia, por ejemplo, donde la taza de natalidad es bajísima, se vislumbra un renacer de la fe, sobretodo entre los jóvenes que han dado en llamar “la generación Juan Pablo II”. Las jóvenes familias de esta tendencia se están lanzando con familias de 4, 5 y más hijos, y serán estos que subsistirán cuando el llamado ‘invierno demográfico’ se manifieste en toda su crudeza. Estas familias heroicas tendrán todo el peso de la enorme cantidad de ancianos, una economía en ruinas y otros problemas todavía sin conocer. Pero tendrán grandes familias solidarias, y la fe, como sus antepasados que construyeron la patria, y Francia tendrá de nuevo razón para vivir.
En este Congreso se abordarán algunos de los temas más candentes de la lucha por la familia. Son temas tan viejos como la humanidad. Pero este siglo tiene la suerte de tener la clara enseñaza de la Iglesia, apoyada firmemente en las estadísticas de las ciencias sociales. En este Congreso podremos ver cómo las estadísticas están arrojando pruebas contundentes dando la razón a la tradición y la moral cristiana.
Materialismo y urbanismo
Consideremos un momento los efectos de la prosperidad, o mejor dicho, la monetización, y el urbanismo, esas facetas de la vida moderna que conspiran contra la familia. Hago la diferencia entre prosperidad y monetización de la vida porque sin duda en muchas épocas hubo una prosperidad agrícola y artesanal, donde las familias trabajaban en conjunto para producir grandes cantidades de bienes, pero que eran de consumo propio o para un limitado trueque. Con la economía moderna y la posibilidad de transformar el trabajo en moneda, el dinero y los lujos que promete, incita otro tipo de ambición, que va mas allá del bienestar familiar y de hecho anima el egoísmo y la limitación de la familia.
El urbanismo generalizado y el consecuente anonimato y la perdida de muchos de los factores de unión para las familias, ha sido probablemente el factor más destructor para la familia. El reto de nuestro tiempo es conseguir nuevas maneras de transmitirla y asegurar su permanencia dentro del marco urbano.
Como demostrará convincentemente el Dr. Patrick Fagan, la destrucción de la familia—el fracaso en la transmisión de la misma—– tiene graves consecuencias sociales. También sabemos que la subsistencia física ya no depende como en los tiempos de caza y agricultura, de la fortaleza de la familia, y por eso hemos visto la perdida de la vida familiar. Pero estamos descubriendo que la subsistencia emocional, psicológica y social si dependen de la unión familiar. Nuestra generación tiene el deber y el reto de buscar las maneras de redescubrir, para el contexto urbano y moderno, las maneras de fomentar y transmitir esa unión y esos valores.
Mucho estudio intensivo sobre la materia está arrojando importantes conclusiones que nos pueden guiar en nuestra misión. Pero son lecciones duras y representan la perdida de vidas y de felicidad de muchas personas que han sido victimas de esta transición.
Estudios de desarrollo neurológico, como los del Profesor Allan Schore, están demostrando la importancia indelegable de la presencia de la madre. Otros importantes estudios han indicado el daño grave infligido a los hijos por el abandono del padre. Otros advierten las consecuencias del divorcio.
Ya podemos imaginar como esta parte de la historia parecerá a las generaciones futuras: luego de 2 guerras mundiales, un éxodo masivo a las ciudades y un extenso experimento de prescindir de la familia. En este experimento los niños son dejados desde sus primeros meses en centros, mientras sus madres trabajan. Los padres son mas o menos dispensables y el matrimonio pierde toda característica de deber y de permanencia. La promiscuidad de jóvenes trae una pandemia de enfermedades de transmisión sexual. El auge de problemas sociales obliga a estudiar las causas y se emprende un camino hacia un retomar los valores de la familia.
Esta abreviada descripción está cumpliéndose y gracias a Dios, estamos empezando a ver la luz. Lamentablemente, sin embargo, nosotros somos todavía una minoría para darnos cuenta de la importancia de este retorno a la familia.
Resurgimiento de los valores de la familia
Pero hay signos importantes de que la verdad se está empezando a hacerse conocer. Un signo es la inmensa importancia que el Santo Padre y la Iglesia en general ponen sobre la familia. Este año celebraremos los 20 años de Familiaris Consortio y este documento está cada vez más respetado entre los no-católicos como en la Iglesia misma. Indicación de la creciente conciencia es el inesperado éxito del Libro de las Virtudes de William Bennett. El mismo no tenia idea que este libro fuera a ir a tantas ediciones y traducciones, ni pensó que iba a tener que escribir el segundo, La Brújula Moral.
La Universidad de Harvard hoy día difunde la nueva teoría del Profesor Lawrence Harrison: que no hay desarrollo posible sin enseñanza de valores, valores de familia.
En estos 2 días veremos los avances en el campo de la Educación Sexual, que ya no se concibe como instrucción genital, sino como formación en los valores de la persona entera, como hombre o como mujer.
Veremos también aspectos del problema de la pornografía globalizada y los medios de comunicación social. El impacto de la pornografía sobre la identidad sexual y la concepción de familia, como también las formas de tergiversar los roles y la vivencia de hombre y mujer, han sido factores importantes que han confundido 2 generaciones de jóvenes en edad de formar familias.
Necesitamos, en mi opinión, buscar con Fe y con Esperanza nuevas maneras de apoyar la familia monogámica centrada en sus hijos. Necesitamos, asimismo, encontrar formas novedosas de impartir valores. Tenemos, por encima de todo, que hacer conocer de nuevo la dignidad de cada ser humano y su lugar natural de desarrollo, la familia. La tendencia a eliminar niños “defectuosos”, de sedar niños hiperactivos, de arrancar los órganos a los moribundos, va contra el valor permanente de la familia. El facilismo y el conformismo, pecados originales en todos, nos tientan a ir aceptando estas y otras aberraciones, como la experimentación con embriones, pero tenemos que resistir estas tentaciones con la proclamación de los valores inherentes de la familia: la solidaridad, la generosidad, el sacrificio para los demás, la comprensión. Estos son valores que se aprenden desde muy joven. Son valores que solo se pueden aprender por medio del ejemplo vivido. En fin de cuentas son valores que van a contrapelo de la naturaleza humano y por tanto solo se pueden comprender y aprender en el contexto del amor.
La familia, célula básica de la sociedad, no puede perecer, porque si se acaba la familia, se acaba la vida misma. Sin familia, sin amor y solidaridad, el ser humano no puede ser feliz. La subsistencia misma de los individuos está en peligro donde no hay un contorno de amor y suporte mutuo. Donde por circunstancias ideológicos o materialistas la familia se disgrega y desaparece, ahí la vida pierde su encanto y la cultura de la muerte empieza. Donde la familia se conserva como valor principal, ahí el bienestar puede crecer.
Hay una estadística nueva que ha salido de nuevos estudios. Esta indica que la salida de la pobreza, concretamente de la urbana, se logra en los casos de familias constituidas que frecuentan su iglesia cada domingo. Esto nos confirma un decir del muy recordado Profesor Jerome Lejeune: “La historia de la humanidad hasta ahora ha sido gobernada por la selección natural. De ahora en adelante, será determinada por la selección sobrenatural. Solo los creyentes se reproducen!”
En fin, como quiera que examinemos el asunto, la familia perdura donde existe la fe. No obstante cual sea esa fe, sin ella la familia no subsiste mucho tiempo. Y sin la familia, la fe tampoco se transmite fácilmente. El amor a Dios tiene sus raíces en el amor que se experimenta en la familia. La relación consigo mismo, con los demás y con Dios se aprende de la experiencia temprana del amor en familia. A medida que la ciencia avanza, más son las pruebas de que el ser humano, su neurología, su salud y su psicología, —-es decir: su mente, su cuerpo y su espíritu—-han sido creados para el amor, para la familia y para Dios.