Por Christine de Marcellus de Vollmer.
Las leyes de la gravedad universal nos gobiernan cada movimiento, cada paso que tomamos; afecta incluso nuestra respiración. Sin embargo, no nos damos cuenta de ello hasta que se nos cae algo para el piso, o cuando damos un traspiés y nos caemos.
De la misma forma, hoy día estamos dándonos cuenta que los ‘valores’ y la ‘familia’ son conceptos de tanta significación, son tan básicos para la vida de toda persona, que es su ausencia que nos recuerda su importancia.
La humanidad, desde los lejanos tiempos de la vida en las cavernas, ha vivido en familias, y en grupos de familias. Y en esas estructuras familiares se desarrollaron las reglas de convivencia que permitían la felicidad y el progreso de estos. La vital importancia de estas reglas para la sobrevivencia hacía que en toda religión se identificaban de alguna manera con la fe y las creencias.
Fueron formalizados y escritos, por la inspiración directa de Dios a Moisés, y de ahí en adelante los valores más básicos para el bien, tanto físico como espiritual, del ser humano quedaron como ley. El pueblo judío, teniéndolo claro, creció y próspero, física y espiritualmente. No robar, ni envidiar, ni matar, ni faltar al matrimonio, y el respeto total a Dios, fueron la base de familias y comunidades fuertes y exitosos.
La anunciada llegada del Mesías, con la interpretación completa de estos mandamientos, cambió el mundo. El cristianismo, con su moral familiar, y su ética privada y pública transformó al mundo, e inclusive se cuenta como una nueva era, la cristiana.
Durante toda la Edad Media reyes cristianos transformaron en leyes estos preceptos y construyeron una cultura o civilización que permitió un desarrollo acelerante que nos llevó al siglo XX, con un nivel de comunicación y confort jamás visto por la humanidad. Las guerras y la pobreza se empezaron a reconocer como males a vencer.
A partir del siglo XIX, sin embargo, el respeto por la religión empezó a debilitarse, la ciencia tomando mucho auge, y la fe a marginarse.
Las dos grandes guerras mundiales, el colapso de la economía mundial y a partir de la mitad de siglo XX, una contestación declarada contra la fe y la moral se hizo cada vez más notoria.
Los valores de la moral sexual y por tanto familiares, fueron los primeros en ser cuestionados. El divorcio, la contracepción y el aborto, al ser aceptados, señalaron el debilitamiento de la familia, y el decaimiento de la transmisión de los valores que habían impulsado el desarrollo de la civilización.
Un estudio profundo de 86 civilizaciones y sus colapsos, emprendido por un investigador de los años 1930, J.D.Unwin, un ateo, demostró que, en cada caso, la caída abrupta sucedía cien años (que son 3 generaciones) después de que esa sociedad abandonara su prohibición de la actividad sexual antes del matrimonio.
Un descubrimiento de esta dimensión merece conocerse. Sobre todo, en nuestro tiempo, cuando por primera vez como sociedad estamos empezando a aceptar esa costumbre.
¿Cuál puede ser la explicación de este fenómeno que es universal, según Unwin y los cursos de la Universidad de Princeton que lo estudian hoy?
Valdría un estudio antropologico profundo. Pero una explicación sencilla seria que como las familias solidas están construidas sobre el amor de los padres, estos quieren formar sus hijos de manera de que sean felices, productivos y con propósito.
Las familias, para lograr esto, tienen que mantenerse unidos: padres y madres para la protección y educación de sus hijos. Y esta unión requiere los valores de perseverancia, lealtad, compromiso, generosidad, reciprocidad y donación de sí, entre otros. A su vez, estos tienen que ser inculcados, y modelados por el ejemplo.
Para detener el lamentable crecimiento en el desorden moral, y la creciente descomposición de la familia, y evitar el fin de nuestra civilización cristiana de 2000 años, tendremos que transmitir estos valores morales a través de las escuelas y colegios. Pocas familias, frente a nuestra sociedad materializada y hipersexualizada, tienen la fuerza para frenarla.
¿Cómo podrán las escuelas renovar la moral sexual cristiana? Esta pregunta fue la que nos ocupó al iniciar Aprendiendo a Querer. ¿Y que debe ser una formación o educación sexual? Encontramos que la efectiva educación en sexualidad es “todo lo que un individuo tiene que aprender, desde que nace, que lo capacite para una vida en pareja feliz y duradera.” La vida feliz y duradera en pareja (matrimonio) requiere de las virtudes de generosidad, lealtad, paciencia, perseverancia, solidaridad, consideración, responsabilidad, reciprocidad, capacidad de sacrificio, saber escuchar y expresarse, negociar, y tomar decisiones acertadas.
La tarea está clara.
Revista AVEC